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Me postulé para un puesto gerencial después de pasar por todas las etapas del proceso de selección, incluyendo cuatro entrevistas exhaustivas. El día que estaba a punto de firmar el contrato, el teléfono sonó. El gestor de recursos humanos, cuya expresión cambió notablemente, salió de la habitación y regresó con seriedad.

Aunque ya había escuchado la noticia de viva voz, de la habitación adjunta, su semblante serio solo confirmó lo que ya temía. No pude contener mi sorpresa y decepción al enfrentarme a una realidad desagradable: la discriminación, quizás no por género, pero sí por el simple hecho de ser madre.

Resultó que el director de la empresa había visto mi automóvil desde la ventana y en el auto un portabebé, al enterarse de quién era su propietaria, llamó a recursos humanos para expresar su preocupación, de contratar a una persona en plena crianza. Su argumento fue simple: no quería problemas, así como también asociaba la maternidad con complicaciones. Con un nudo en la garganta, me dirigí a mi automóvil en un estado de incredulidad.

La sensación de ser rechazada por algo tan personal como ser madre era abrumadora. Sin embargo, un día, durante otra entrevista de trabajo, todo pareció alinearse a mi favor. Avancé con éxito hasta la etapa final, consistía en presentar un proyecto ante un grupo de socios de la empresa.

Pero justo minutos antes de la presentación la persona que me apoyaría cuidando de mi bebé me canceló, así dejándome sin apoyo en el estacionamiento de la empresa y sin un reemplazo a la vista. Marqué para avisar que no podría asistir, pero apenas colgué, el teléfono sonó de nuevo.

Era alguien de la empresa preguntando por qué no había llegado todavía, que me estaban esperando. Otra vez, alguien me había visto con mi bebé desde la ventana, y para mi sorpresa, no importaba. Con la pañalera en mano y mi bebé en el portabebé, me dirigí a la sala de juntas. Para mi alivio, mi bebé se comportó maravillosamente.

Se quedó dormida mientras yo realizaba mi presentación. Y fui contratada. Fue un momento de triunfo sobre las expectativas y una lección de que la maternidad no es un impedimento. Me di cuenta de que, efectivamente, ser mamá no es un problema en sí mismo, sino que depende de cómo elijamos verlo.

Como madre, mi vida laboral es un equilibrio constante entre responsabilidades. Con mis hijas al lado siempre, enfrentó una lista interminable de tareas pendientes. No me detengo por las horas del reloj, sino por los resultados que busco alcanzar.

Mi compromiso con mi familia y mi trabajo es inquebrantable, y cada desafío que enfrento como madre solo fortalece mi determinación para seguir adelante. Para ser productivas en el trabajo, necesitamos ser felices en la vida, y una mujer que no pueda cumplir con honor su papel de madre difícilmente será productiva.

Las mujeres que forman parte de una organización suelen ser más leales a su marca empleadora, especialmente si se les brinda flexibilidad. Esta flexibilidad implica tener la capacidad de entender las necesidades de una colaboradora en la crianza y comprender la importancia de la misma. «La red de apoyo no se limita únicamente a la familia; también incluye a la empresa».

Tal vez esta sea nuestra contribución desde nuestras posiciones a la construcción de un mundo mejor. Quizás brindar oportunidades laborales a las mujeres en plena crianza sea el camino a la empatía real, un liderazgo inclusivo y la innovación en las formas de trabajo.

¡Sonríe!