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La semana pasada me mostraron una foto de un jardín situado en el centro de una empresa en Alemania. Un jardín hermoso, lo que me sorprendió es como se dio ese jardín. Resulta que cada que un colaborador comete un error tiene la libertad de sembrar la semilla que el decida y con ello la responsabilidad de cuidarla hasta que se convierta en una planta y entonces le da un nombre.

El nombre de la planta tiene que ver con lo aprendido de aquel error y quien tenga más plantas en el año  se lleva un premio. Los promotores de todo esto son los mismos jefes, curiosamente a cada rato los vez sembrando en el jardín.

Las culturas laborales basadas en la aversión al fallo provocan que  las personas eviten la sola idea de pensar en hacer cualquier cambio ya que esto implica un riesgo, se mantienen haciendo lo mismo una y otra vez, incluso cuando saben que la forma en  la que hacen las cosas no los acerca al resultado decidirán hacerlo igual que siempre con tal de no arriesgar.

El miedo al error es comprensible; después de todo, vivimos en una sociedad que valora el éxito y a menudo estigmatiza el fracaso. Pero, ¿y si cambiamos nuestra perspectiva? ¿y si en lugar de ver los fallos como obstáculos insalvables podemos considerarlos como maestros invaluables?. Cada error lleva consigo lecciones cruciales que no solo fortalecen nuestras habilidades, sino que también amplían nuestra comprensión.

Un líder que abraza los errores como oportunidades de aprendizaje crea un entorno donde los empleados se sienten seguros al proponer nuevas ideas y soluciones creativas. Este tipo de cultura empresarial no solo impulsa la productividad, sino que también fortalece la resiliencia y la agilidad del equipo.

«Los errores son como ventanas: si las miras adecuadamente, te revelarán nuevos paisajes y oportunidades».

¡Sonríe! Paty Vargas