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En lo personal soy fan de las oficinas con espacios abiertos, donde todos conviven, colaboran y la comunicación fluye. Me gustan las culturas donde no existen tantas barreras entre equipos o niveles. Pero también tengo un lado muy curioso que siempre está observando y cuestionando. Nuestras entrevistas rara vez se quedan en un formato rígido; conforme avanza la conversación dejan de sentirse como una entrevista y se convierten en una plática. Ahí las personas comparten cosas que difícilmente aparecerían en un currículum. Esa es la parte que más disfruto. Y justamente de esas conversaciones nació este artículo.

Hay una pregunta, al principio me parecía extraña: creí que era broma: “¿Voy a tener un lugar para trabajar?”. Yo pensaba que era obvio si el puesto era presencial.

Pero la pregunta comenzó a repetirse una y otra vez. Marcos me dijo algo que no he podido olvidar cada que me subo a un avión: “Es como viajar en Viva Aerobus sin comprar asiento; aunque llegues temprano, nunca sabes dónde te va a tocar”. Sofía, contadora, me confesó que quiere cambiar porque extraña tener un espacio donde dejar sus cosas y poder concentrarse. Me comentó que quiere dejar su termo ahí, no tenerlo que cargar a su casa. Julio aceptó una oferta que no representaba un gran aumento de sueldo porque tendría una oficina para él solo. Carmen decía que no le molestaba compartir espacios; lo que le pesaba era llegar todos los días sin saber dónde iba a sentarse, más en sus días sensibles. Jorge resumió el sentimiento en una frase: “Los jefes también están en espacios abiertos, pero si necesitan privacidad encuentran un lugar. Nosotros no”.

Escuchando tantas historias entendí que la conversación nunca fue realmente sobre un escritorio. Era sobre pertenencia y, a veces, privacidad.

Mientras escribía este artículo encontré un concepto que me hizo mucho sentido: place attachment o apego al lugar. Incluso existe un libro clásico sobre el tema, Place Attachment, de Irwin Altman y Setha Low. La idea es sencilla: las personas desarrollamos vínculos con los espacios donde pasamos buena parte de nuestra vida. Quizá por eso, para algunos, un escritorio nunca fue solo un escritorio. Era una forma de sentir que ese lugar también era suyo. Psicología ambiental lo sustenta.

Después de todo me quedó una duda. ¿Ese modelo de oficina sigue siendo el ideal en 2026?

¿O simplemente aprendimos a aceptarlo? ¿La Generación Z realmente disfruta trabajar sin un espacio propio o solo se adapta para encajar y evitar conflictos? ¿O saben que van de paso, por eso guardan silencio, no buscan su lugar? No tengo la respuesta, pero después de tantas entrevistas me pregunto si algo tan simple como tener un lugar propio podría hacer una diferencia mayor de la que imaginamos. Tal vez el sentido de pertenencia nunca desapareció; tal vez también necesitaba un lugar donde quedarse. Sigo buscando la respuesta.

¡Sonríe!

– Paty Vargas.