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Cuando era niña, mi papá solía decirme: «Rodéate de personas que te enseñen algo, pero también que te hagan sentir en casa». En ese momento, no lo entendía del todo, pero, conforme fui creciendo, esas palabras cobraron más sentido.

Recuerdo una tarde en la que escuché a mi vecino Raúl contar emocionado que lo habían contratado en una empresa que valoraba justo lo que él más respetaba: la confianza y la transparencia. «No siento que sea un trabajo», nos dijo. «Siento que estoy donde debo estar, donde a todos nos importan las mismas cosas. Me siento en casa».

Esa conexión lo llevó a trabajar en esa empresa por más de 20 años. Esa sensación de sentirte «en casa» en el trabajo no se trata solo de comodidad; es saber que compartes creencias y valores con quienes te rodean. Cuando los valores son los mismos, el equipo fluye.

Recuerdo una conversación con un director que, algo pensativo, me confesó: «No entiendo por qué ciertas cosas no funcionan en mi empresa»Un año después, me llamó para contarme algo que, según él, podría servirme para escribir. Admiro su humildad:

«¿Sabes, Paty? Me di cuenta de que el problema no eran mis colaboradores, era yo. Siempre decía que nadie tenía compromiso, que nadie cumplía, y que todo en mi empresa estaba hecho un desorden. Por mucho tiempo pensé que la falla estaba en las personas que contrataba, en que no cumplían con lo que pedía. Pero ahora entiendo que ellos solo reflejaban lo que yo proyectaba como líder«.

Tiempo después, tuve la oportunidad de entrevistar a varias personas que habían trabajado en su empresa. Ninguna de ellas se sentía «en casa». Lo que a ellos les importaba no era lo que la empresa consideraba importante, y eso los desconectaba. Por ejemplo, mientras la empresa valoraba resultados inmediatos y métricas rígidas, ellos priorizaban el trabajo en equipo, el reconocimiento y la estabilidad emocional. Había un desajuste total de valores.

Esta experiencia me reafirmó algo crucial: el compromiso y la pertenencia no son accidentes; son consecuencias de una alineación de valores entre las personas y la organización. Pero, para lograr esa alineación, primero, como líderes, debemos preguntarnos:

¿Cuáles son realmente mis valores? No los que digo, sino los que guían mis decisiones y acciones cada día.

«Antes de buscar esos valores en otros, necesitas identificar los tuyos.»