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El fin de semana tuve la oportunidad de conocer a Don Neto, un hombre muy interesante que ya se ha jubilado. Sus hijos ahora llevan el negocio familiar. Don Neto me contó una historia sobre la transición de la empresa y los desafíos que enfrentaron.

«Cuando entregué la empresa a mis hijos, se hizo un desorden tal que casi se quedan sin negocio» comentó Don Neto. Intrigado, le pregunté por qué había sucedido eso. Me explicó que, a los pocos meses de dejar la dirección, varios empleados renunciaron, otros fueron despedidos, algunos se jubilaron y los que quedaban trabajaban sin alma. Se contrató nuevo personal.

Un día, uno de mis hijos, que es el director general, llegó y me dijo: ‘Papá, tengo un desmadre, no estoy vendiendo. ¿Cómo puedo vender más?’

Le hice algunas preguntas y pronto me di cuenta de que el problema no era la venta en sí, sino algo más profundo. Los vendedores eran nuevos y se desesperaban porque no había producto. La fábrica no daba abasto. Antes, con la misma cantidad de personas y máquinas, siempre cumplíamos con los pedidos. Era raro que no lo hiciéramos. Hablé con mi hijo, pero no le resolví el problema ese día.

Al día siguiente, fui a la fábrica y lo que observé me sorprendió: la empresa tenía empleados sin alma porque la empresa misma no tenía alma. Nadie se conocía, nadie se saludaba, todos se movían como zombis por los pasillos.

Fui a la oficina de mi hijo y le pregunté: ‘¿Cuántos hijos tiene Lupita?’ Él me miró confundido y me dijo: ‘¿Silvia? ¿Silvia García? ¿De qué hablas, papá?’ ‘Hablo de tu gerente de producción. ¿No la conoces?’ ‘No’, me respondió, ‘lleva unos nueve meses aquí’.

Así fui indagando y preguntando más. Descubrí que lo que faltaba era conexión. Los empleados no se conocían entre ellos, tampoco se hablaban, no colaboraban juntos. Incluso los encargados de área y directivos eran desconocidos entre sí.

Le expliqué a mi hijo que esa era la diferencia cuando yo estaba al frente. Todos nos conocíamos. Yo sabía quiénes eran mis gerentes, conocía bien la vida de ellos, sus necesidades y estilos. Esa cultura de conexión y conocimiento mutuo era fundamental.

Convencido de que el verdadero motor de una empresa no eran solo sus productos ni la infraestructura, sino las personas que la conformaban, le expliqué a mis hijos la importancia de conectar con los colaboradores. Creía firmemente que cuanto más se conectara con ellos, más comprometidos y productivos serían.

Mis hijos entendieron el mensaje y crearon la dinámica «Conóceme». Cada viernes, los empleados se reunían en equipos pequeños para participar en actividades que fomentaran la conexión mutua, incluyendo a jefes y directivos.

Gracias a esta iniciativa, la empresa no cerró. Al conectar entre ellos, los empleados se comprometieron más. La producción aumentó y, como resultado, las ventas también. Ahora, mi hijo sabe quién es Silvia.

Espero que esto sea de ayuda. ¡Saludos!