Me encanta conversar con las personas, y hace poco me invitaron a unas reuniones informales de grupos de recursos humanos. Al final, algo tenemos en común: la gestión del talento humano dentro de las organizaciones.
Entre varios temas, salió el famoso Quiet Hiring, que muchos ya habíamos vivido sin saber cómo llamarlo; solo que ahora le pusieron nombre nuevo a una práctica de toda la vida.
Al seguir conversando, varios nos reímos porque hablábamos de reestructurar equipos sin contratar a alguien de fuera —hacer más con lo mismo, con la gente que ya está dentro de la empresa—, y lo vemos como una oportunidad de crecimiento. Así que empezamos a compartir cómo reasignamos tareas y cómo subimos responsabilidades a quienes ya forman parte del equipo.
Y ahí vino lo divertido: la más joven del grupo dice “claro, eso es Quiet Hiring”, y todos respondimos “¡ah, así se llama ahora!”.
Lo interesante es que casi todos los que estábamos ahí compartimos historias similares. Algunos contaron que, al principio, parece una gran oportunidad —sobre todo para quienes estamos en recursos humanos— porque no hay que salir a buscar talento ni vivir la intensidad del reclutamiento. Es una forma de reconocer al talento que ya conoce la casa.
Pero con el paso del tiempo notamos algo: empezaron a aparecer los efectos secundarios, esos de los que casi no se habla. Sobrecarga, cansancio, falta de claridad sobre los beneficios… y, más interesante aún, fuga de talento.
Entonces entendimos que lo que nació como una estrategia para optimizar recursos terminó generando desgaste y desmotivación.
Al final de la reunión hicimos conciencia de algo importante: si se va a hacer Quiet Hiring, hay que definir bien las expectativas, asegurarse de no empalmar dos puestos en uno, reconocer los nuevos esfuerzos y, sobre todo, verificar que la persona realmente quiera asumir ese nuevo rol y tenga claro el beneficio.
En muchas encuestas que compartieron compañeros, las personas decían no sentir un beneficio real, solo más trabajo y más responsabilidad.
Recopilando todas las historias, coincidimos en que la clave está en la comunicación: no siempre se da con claridad.
El Quiet Hiring solo funciona cuando la conversación es tan clara como la intención.

