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Hace años escuché una frase que se me quedó grabada:
A las personas se les conoce en la forma en que se van.

Aunque se refería a relaciones personales, con el tiempo comprendí que también aplica al mundo corporativo: la manera en que una empresa despide y la forma en que un colaborador se despide revelan más sobre su cultura que cualquier discurso.

Dirigir una agencia de reclutamiento me ha permitido observar un flujo constante de historias. Personas que cruzan puertas cargando aspiraciones, temores, planes y sueños.

Algunas llegan por necesidad.
Otras por casualidad.
Y otras me recuerdan por qué vale la pena lo que hacemos: talentos que no solo cumplen, sino que honran su trabajo.

Un día, mientras esperaba en una plaza, escuché a un grupo de jóvenes conversar sobre sus empleos.

Lo que más me llamó la atención no fue que hablaran de sueldos o puestos, sino de cómo habían sido tratados al irse o al decidir renunciar.

Ahí entendí algo importante:
A veces creemos que la salida de alguien es un trámite, pero la experiencia que dejamos en ese último capítulo define nuestro employer brand con una fuerza que pocos dimensionamos.

He visto muchas despedidas.

Algunas llenas de indiferencia.
Otras, lamentablemente, de desgaste emocional. Pero también he tenido el privilegio de presenciar lo opuesto: personas que, a pesar de estar cerrando su ciclo, mantienen un nivel de entrega admirable.

Mientras algunos se desconectan desde que anuncian su salida,
otros continúan trabajando con pasión hasta el último día.

No por obligación, sino por integridad.

Como menciona James C. Collins en Good to Great:
las grandes organizaciones no se construyen con discursos, sino con la disciplina silenciosa de personas que actúan con responsabilidad incluso cuando nadie las observa.

Y en esa disciplina también está la forma en que se cierran los ciclos.

Ese tipo de talento es el que transforma historias laborales en verdaderas lecciones de liderazgo.

Y mientras escribo este artículo, se me viene a la mente alguien que, con su forma de actuar, honra su trabajo día a día y me ha enseñado grandes lecciones de liderazgo. Gracias, Jaqui.

 

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¡Sonríe!
-Paty Vargas