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El jueves me habló Pablo, un director. Me contó algo que le pasó con Joel, su gerente general.
 
Estaban en el comedor, con un café en mano, y Pablo, al escuchar que algo no andaba del todo bien en la operación, le dijo, casi como quien lanza una idea:
 
«Llega más temprano y quédate hasta que cierre el turno, así te vas a dar cuenta de todo.»
 
No fue una instrucción. Fue un comentario informal, con buena intención. Pero Joel lo tomó literal.
 
Pablo se fue de viaje tres semanas y, al volver, lo vio.
Agotado. Cara tensa. Mirada cansada.
Entraba a las 6 de la mañana y se iba a las 11 de la noche. Todos los días.
 
Pablo le preguntó: “¿Todo bien?”
Y Joel, serio, le respondió:
“Antes de que te fueras me dijiste que llegara temprano y me quedara hasta el último turno… y eso hago.”
 
Pablo se quedó helado.
No fue una orden. No fue su intención.
Pero así fue recibido.
 
No hubo discusión, pero sí desconexión.
Y ahí está el punto.
 
Joel tiene 29 años. Pablo, 50.
Joel lleva 4 años en la empresa y ha crecido rápido. Pero también pertenece a una generación que escucha distinto. No por sensibilidad excesiva.
Sino porque valora su bienestar y toma en serio lo que se dice, incluso lo que se sugiere.
 
Y me quedé pensando…
¿Cuántas veces damos un consejo que suena a mandato?
¿Y cuántas veces creemos que “nada pasó” porque el otro no lo discutió… pero sí se desconectó?
 

“La intención no sirve si no se nota.Y más cuando estás en una posición de liderazgo.”

¡Sonríe!