En la oficina, Sofía veía que muchos trabajaban como si su puesto fuera una mesa pequeña: solo con lo que les pusieron encima, sin moverse, esperando a que alguien les trajera algo nuevo.
Ella pensaba distinto. Decidió poner más cosas sobre su mesa: aprender lo que no sabía, pedir tareas retadoras, participar en reuniones donde no estaba invitada. Comenzó a ayudar a otros, a proponer mejoras y a levantar la mano cuando nadie quería hacerlo.
Con el tiempo, su mesa dejó de ser un rincón más… se convirtió en un punto donde pasaban cosas importantes.
Entonces entendió algo: un puesto y una persona no crecen solo porque la empresa lo diga. Crecen cuando tú los llenas de valor, cuando te mueves más allá de tu borde y usas cada centímetro —incluso los desafíos o tus propios limitantes y miedos— como una oportunidad.
Porque la mesa nunca crece sola, crece con las manos que se atreven a moverla.
Ella pensaba distinto. Decidió poner más cosas sobre su mesa: aprender lo que no sabía, pedir tareas retadoras, participar en reuniones donde no estaba invitada. Comenzó a ayudar a otros, a proponer mejoras y a levantar la mano cuando nadie quería hacerlo.
Con el tiempo, su mesa dejó de ser un rincón más… se convirtió en un punto donde pasaban cosas importantes.
Entonces entendió algo: un puesto y una persona no crecen solo porque la empresa lo diga. Crecen cuando tú los llenas de valor, cuando te mueves más allá de tu borde y usas cada centímetro —incluso los desafíos o tus propios limitantes y miedos— como una oportunidad.
Porque la mesa nunca crece sola, crece con las manos que se atreven a moverla.
¡Sonríe!
– Paty Vargas.

